Crimen por apariencias

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Sonrisas forzadas, miradas de reojo, murmullos a su paso… Marisa ya estaba acostumbrada a que sus vecinos comentasen a su paso cada detalle de su matrimonio. Envidia. Estaba segura; la enfermedad que asolaba el mundo, una que no tenía cura. Sin embargo, a ella no le importaban aquellas muestras de desprecio a sus espaldas, es más, la hacían sentirse orgullosa de su victoria: Fernando era suyo, a pesar de todo.

Su historia comenzó ya en el instituto, cuando Fernando era el centro de todas las miradas femeninas. Él parecía no percatarse de ello, lo cual le hacía parecer aún más interesante. «No eres capaz de tirártelo», le retó su mejor amiga. Y allí estaban, juntos 25 años después. El director del instituto les sorprendió en el cuarto de la limpieza mientras mantenían relaciones y, por supuesto, habló con sus padres, quienes les obligaron a casarse para evitar el qué dirán.

Marisa nunca había sentido mariposas en el estómago, ni su corazón se había acelerado al verle; pero era suyo. De nadie más. Eso le bastaba para ser feliz, y a él no parecía importarle que su mujer lo exhibiera como a un trofeo de caza. Lo que nadie sabía, lo que no se veía a través de la lujosa fachada de aquella idílica casa, es lo que ocurría cada noche de jueves, cuando Fernando se escabullía con la excusa de que era la noche de timba de póker. Marisa nunca había opuesto resistencia, es más, le aliviaba no tener que contar con la presencia de su esposo durante algunas horas. Sin embargo, una cartera olvidada lo cambió todo. «Este hombre algún día va a perder la cabeza», pensó Marisa al percatarse del fallo de su esposo. No podía permitir que dejase dinero a deber en el pueblo, en caso de que la suerte no le acompañara aquella noche de juego, por lo que se dirigió a casa de Manuel, el lugar en el que Fernando le había informado de que tenían lugar las timbas cada noche.

Marisa caminó a paso ligero por el suelo empedrado, aprovechando la escasa luz que proporcionaban las farolas. No le gustaba caminar sola de noche. Un paso, otro más. La puerta de Manuel ya se contemplaba desde su posición, sin embargo, algo captó su atención: una tenue luz se desprendía del ventanal de una de las habitaciones superiores. «¡Qué raro! Manuel es un solterón. ¿Quién estará en el dormitorio?», se preguntó con curiosidad. Una curiosidad que no hizo sino acrecentar al observar no una, sino dos figuras en actitud muy cariñosa a través de las cortinas. «¡No habrán sido capaces de llamar a mujeres de vida alegre!», exclamó para sí.

Convencida a llegar al fondo del asunto, se dirigió a la parte trasera de la casa y abrió la puerta con facilidad, ya que en aquel pueblo no existían los secretos y sabía que Manuel, al igual que muchos de los vecinos, no acerrojaban las puertas de sus casas. Los escalones se le hicieron interminables mientras escuchaba gemidos masculinos salir del dormitorio. Fue entonces cuando un sudor frío comenzó a recorrer su espina dorsal sin saber muy bien el motivo. Posó su mano derecha sobre el pomo de la puerta, y lo giró con suavidad. Allí estaba. La prueba de que su idílica vida se había construido bajo una farsa. Fue tal la ira qua la invadió que, antes de poder darse cuenta, ya se encontraba golpeando con el cenicero de mármol el cráneo de Manuel. Un chasquido le indicó que aquel degenerado ya no volvería a despertarse jamás. Su marido le miraba con los ojos abiertos a causa del terror mientras trataba de tapar sus partes íntimas.

            —No hace falta que te las cubras, ya no te harán falta nunca más —sentenció Marisa con una expresión de locura dibujada en el rostro.

Podía permitir un divorcio, una infidelidad con otra mujer, una mentira piadosa, pero… ¿aquello? Aquello estaba lejos de los límites que la encorsetada mente de Marisa podía tolerar. Fernando comenzó a correr escaleras abajo en un intento de huir de la ira de su esposa, quien logró alcanzarle cerca de la plaza del pueblo. Lanzó el pesado cenicero con todas sus fuerzas, hasta alcanzar la espalda de su esposo, que cayó de bruces contra el suelo.

            —No, te lo ruego —suplicaba él.

Pero Marisa hacía tiempo que estaba fuera de los límites de la cordura. Levantó con ambas el objeto de mármol y se lo incrustó a su marido en el rostro. Miró durante unos segundos su maravillosa obra, hasta que un grito la obligó a girarse.

            —¡Socorro! Mi marido necesita ayuda —gritó Marisa en un intento de ganar algo de tiempo.

Debía dar con alguna explicación. Diría que su marido la había sorprendido mientras mantenía relaciones con Manuel y, loco de celos, había intentado poseerla mientras el pobre desdichado de Manuel observaba. Aquello le daría el móvil del crimen. Después de todo, ¿quién no iba a creer a Marisa?

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